El Acorde de una vida: La promesa y el legado de Don Beto

Una guitarra, una voz y una vida al servicio de Dios

En homenaje a Gilberto Acosta Benavides

Hay historias que no solo se leen, se sienten. Relatos que no buscan impresionar, sino que por sí solos tocan el alma y nos recuerdan que la verdadera grandeza se encuentra en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo genuino, así como lo hace nuestro padre celestial, en lo pequeño se muestra el milagro. Este no es solo un texto sobre una persona; es un encuentro con una vida que dejó marcas, huellas profundas en quienes tuvieron el privilegio de conocerla. Es una invitación a detenerse, a mirar hacia adentro y a redescubrir el valor de aquellos que sin hacer ruido, transforman el mundo alrededor.

A medida que avances en estas líneas encontrarás más que recuerdos, hallarás enseñanzas, momentos de quiebre, decisiones que cambian destinos y una fe que se sostuvo incluso en medio de la incertidumbre; cada palabra ha sido escrita desde la memoria, sí, pero también desde el agradecimiento, desde ese lugar donde el corazón reconoce lo que nunca se pierde.

Porque hay vidas que no terminan cuando se van, sino que comienzan a multiplicarse en quienes continúan su legado. Y es desde ese lugar —entre la memoria y el agradecimiento— que hoy quiero hablarles de alguien muy especial: Gilberto Acosta Benavides, a quien de aquí en adelante llamaré, con cariño y respeto, Don Beto.Una de esas historias que merecen ser leídas hasta el final.

Como saben – y si no ahora les cuento-, soy Juan Miguel Erazo creador del portal Puertas que cuentan relatos de mi comunidad; Don Beto fue el tío de mi esposa Anita Sanchez, pero reducirlo a un lazo familiar sería quedarse corto. Fue una de esas personas que, sin proponérselo, se convierten en referencia, en ejemplo, en inspiración. Un hombre de muchas cualidades, sí, pero cuya mayor virtud fue ser un testimonio vivo del amor de Dios. No un amor teórico ni distante, sino uno tangible, visible, transformador. Un amor que no solo cambió su vida, sino que, a través de él, alcanzó a muchos otros, especialmente a jóvenes que encontraron en su guía una dirección distinta.

Gilberto Acosta Benavides
La familia de Anita y de Don Beto

Su talento para la música fue una de las herramientas que Dios utilizó en su vida. Con su guitarra y su voz, no solo interpretaba canciones: construía espacios de encuentro, de fe, de esperanza. Fue así como formó, afianzó y fortaleció el grupo de alabanza de la iglesia El Siervo Fiel, dejando una marca imborrable en cada uno de sus integrantes.

Recuerdo que era el año 2010 cuando, junto con mi esposa, comenzamos una nueva etapa en nuestra vida al mudarnos a nuestra casa en Ciudad Jardín. En ese tiempo nos congregamos en la iglesia El Elyon, que funcionaba en La Magdalena. Fue allí donde coincidimos con algunos familiares de Anita, entre ellos Don Beto. Al principio, nuestra relación se limitaba a un cordial saludo: un “hola” y un “adiós” que, sin que lo supiéramos, eran el preludio de una conexión mucho más profunda.

Como suele ocurrir en la vida, los caminos se alinearon de maneras inesperadas. Se abrió una célula en la casa de Don Beto, y fue allí donde comenzamos a acercarnos más. Las reuniones se convirtieron en espacios de conversación, de aprendizaje, de compartir genuino. En una de esas ocasiones, lo invitamos a conocer nuestra casa, y quedó encantado con el conjunto donde vivíamos. Tanto así, que tiempo después decidió mudarse allí. Recuerdo claramente sus palabras, dichas con convicción y una sonrisa serena: “Esta es la última vez que me cambio de casa… Esta es la casa que Dios me dio”.

La manzana 9 "Los Eucaliptos" de Ciudad Jardín

Aquella frase no era solo una expresión de satisfacción material; era una declaración de fe. Don Beto veía la vida a través de la certeza de que Dios estaba en cada detalle.

En ese tiempo compartimos mucho en familia. Conversábamos sobre la vida, sobre la iglesia, sobre el servicio. Pero en el año 2011, una situación inesperada sacudió nuestra estabilidad: la iglesia a la que asistíamos se dividió. De un momento a otro, nos encontramos en una especie de vacío, sin saber a dónde ir, qué hacer, ni cómo continuar.

No era sólo la pérdida de un lugar físico; era la incertidumbre de perder también los vínculos que habíamos construido. Ya no solo éramos vecinos, sino hermanos en la fe. Y esa doble conexión hacía aún más difícil la situación.

En medio de ese contexto, la vida cotidiana seguía su curso; por esos días, el sector aún estaba en desarrollo; nuevas calles se abrían paso entre los terrenos, conectando barrios que antes parecían distantes; el transporte era limitado, y muchas veces debíamos caminar largas cuadras para llegar a casa después de tomar el bus.

Fue precisamente en uno de esos trayectos donde comenzó a gestarse un nuevo capítulo.

Katy, la esposa de Don Beto, contó que había visto una pequeña iglesia en el barrio vecino. Se reunían los domingos por la tarde y movida por la curiosidad — o quizá por una necesidad más profunda— decidió acercarse; lo que encontró no fue una iglesia imponente ni llena de recursos, al contrario, era un lugar humilde; la alabanza se hacía con una grabadora, las letras de las canciones estaban escritas en cartulinas que se iban cambiando en un caballete improvisado.

Pero había algo allí que no se podía ignorar: un deseo genuino de servir a Dios.

Don Beto compartía con la comunidad

Katy fue, como diría después el pastor Jorge Navarrete, la “punta de lanza”, fue quien dio el primer paso, quien permitió que la esperanza volviera a encenderse. Al compartir su experiencia con Don Beto, tomó la decisión de comenzar a asistir a esa iglesia, no porque fuera perfecta, sino porque era un lugar donde Dios estaba siendo buscado con sinceridad.

Don Beto, después de todo lo vivido, decidió acompañarla; sin embargo, lo hizo con una postura distinta: quería tomarse un tiempo, ser parte de la congregación sin asumir responsabilidades; necesitaba sanar, observar, reencontrarse. Pero cuando Dios tiene un propósito, los tiempos humanos se acomodan a Su voluntad.

Poco después, nos invitaron a mi esposa y a mí a asistir con ellos, así fue como llegamos a aquella iglesia: sencilla, humilde, pero llena de vida; nos sentamos como nuevos asistentes, sin imaginar que ese lugar se convertiría en un espacio clave para nuestras vidas.

Con el paso del tiempo, Katy comentó al pastor que Don Beto tenía conocimientos musicales y que podría servir en la alabanza, esa conversación marcó un punto de inflexión, tras un proceso de entrega y reafirmación de su fe —y bajo el nombre de “El Siervo Fiel”— Don Beto confirmó su deseo volver a servirle a Dios.

Comenzó solo, con su guitarra y su voz. Pero lo que empezó como un acto individual pronto se convirtió en un movimiento colectivo; poco a poco, los jóvenes comenzaron a integrarse al grupo de alabanza: Génesis, Peter, Benji, Jennifer… Algunos sabían tocar instrumentos, otros apenas daban sus primeros pasos en los coros. Lo curioso —y al mismo tiempo maravilloso— era la edad del grupo; el más joven Lincon tenía trece años, Jennifer como hermana mayor rondaba los veinte años, los demás jóvenes se encontraban entre ese rango de edades. Un grupo de jóvenes guiados por alguien que, lejos de imponerse como líder autoritario, se convirtió en un padre para todos.

Génesis lo expresó con claridad: “No lo veíamos como un líder de alabanza ni como un líder de jóvenes, sino como un padre”. Y ese rol no se limita a enseñar acordes o dirigir ensayos; es acompañar, escuchar, corregir, animar en medio de las dificultades y todo con “amor”.

Yessenia lo recordaba así: “Fue parte de mi vida… no lo veía como un adulto, sino como un padre, siempre encontraba la forma de levantarme el ánimo”.

Ronny, por su parte, compartía: “Nos invitaba a su casa, conversábamos, veíamos películas, compartíamos momentos de alegría… y en una de esas reuniones me dijo que yo iba a ser parte del grupo, sería el cantor principal”.

Así era Don Beto: veía en otros lo que ellos aún no podían ver en sí mismos.

Con el tiempo, el grupo creció. Se sumaron nuevos integrantes: Mayra, Lincoln, Josué, la alabanza dejó de ser solo un momento dentro del culto para convertirse en una expresión viva de la comunidad.

Pero como en toda historia real, también hubo momentos difíciles.

La iglesia sufrió robos en dos ocasiones. En la primera, se llevaron instrumentos: la guitarra, el bajo, entre otros; en la segunda, la pérdida fue aún mayor: micrófonos, pedestales, amplificadores. Cualquier grupo podría haberse desanimado.

Pero no Don Beto. En medio de la dificultad, su voz seguía firme: “Debemos seguir adelante; no podemos dejarnos caer, Dios está con nosotros”.

Y no eran solo palabras, eran convicciones.

Se organizó un hornado solidario para recaudar fondos; hermanos desde Estados Unidos enviaron instrumentos; mientras todo se reconstruía, Don Beto seguía allí, con su guitarra, fiel en cada culto, en cada ensayo, en cada reunión.

Jorge el pastor lo resumió de manera precisa: “ su compromiso no era con una actividad, era con Dios. Y ese compromiso se reflejaba en cada aspecto de su vida.”

Don Beto no solo fue un pilar musical, fue también un creador; junto a su esposa Katy, escribió alabanzas que hoy siguen siendo interpretadas; una de ellas, “El Salmo”, nació en la sala de su casa, entre acordes, conversaciones y decisiones compartidas.

Esa dinámica reflejaba algo más profundo: una relación construida en unidad; Katy no era solo espectadora, era parte del proceso; juntos daban forma a canciones que no sólo se cantaban, sino que se sentían.

La vida de Don Beto estuvo marcada por la constancia, la perseverancia y una fe inquebrantable; pero hubo un momento específico que definió su caminar: ¡Una promesa!.

Katy lo recuerda con claridad:

“Génesis la menor de sus hijos”, “tenía apenas dos años cuando, en medio de unas diligencias en el centro de la ciudad, desapareció de su vista. La desesperación fue inmediata, llamó a Don Beto, quien dejó su trabajo y se dirigió al lugar sin dudarlo.

Mientras la familia se movilizaba, mientras las oraciones se elevaban, Don Beto atravesaba la ciudad con el corazón en la mano. Y en ese trayecto, en medio de la angustia más profunda, hizo una promesa a Dios:

¡Señor, si haces que mi hija aparezca… te serviré toda mi vida!.

Poco después, una noticia cambió todo: la niña había sido encontrada.”

El alivio, la gratitud, las lágrimas… todo se mezcló en un abrazo familiar que marcó un antes y un después; desde ese día, Don Beto cumplió su promesa.

Y la cumplió hasta el final. Sirvió en todo lo que pudo: limpieza, protocolo, enseñanza, alabanza; no buscó reconocimiento, no buscó protagonismo; su motivación era una sola: servir a Dios con amor.

Hoy, su historia no se cuenta sólo como un recuerdo, sino como una invitación. Una invitación a vivir con propósito, a entender que incluso en los momentos más difíciles, hay oportunidades para comenzar de nuevo, a reconocer que no se necesitan grandes recursos para hacer una gran obra, sino un corazón dispuesto.

Don Beto no fue perfecto, fue humano, como todos nosotros, pero decidió creer, decidió servir, decidió amar y en esa decisión, transformó vidas. Quizá esa sea la verdadera grandeza: no en lo que se acumula, sino en lo que se deja en otros.

Y Don Beto dejó mucho, dejó música, dejó enseñanzas, dejó ejemplo; pero sobre todo, dejó una fe que sigue viva en cada persona que tuvo el privilegio de conocerlo. Porque hay vidas que, aun cuando se apagan en este mundo, siguen iluminando el camino de otros.

Y la de Don Beto… es una de ellas.

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El legado de Don Beto Iglesia El Siervo Fiel
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El legado de Don Beto es un relato de nuestra iglesia local "El Siervo Fiel", y cómo la devoción, el servicio, la fe y la gracia de servir a Dios deja sus frutos cuando inviertes en la obra de Dios
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Lady Katerine Villarreal Morán

Oh que bonita historia es verdad mi amado esposo dejo un legado en nosotros solo Dios me ha fortalecido ese dolor tan grande y vacío que dejó en mi vida a veces pensamos que somos eternos y llega lo inesperado, hoy lo recuerdo con amor sé que fue la voluntad de Dios llevárselo y seguiré adelante con mis hijos y familia de la mano de Dios Gracias Juanito por esta publicación Dios le bendiga eso me motiva a seguir adelante y no desmayar

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