El misterio del ojo de agua
Una leyenda urbana de nuestro conjunto
El conjunto Ciudad Jardín, una metrópoli al sur de Quito, rodeada de naturaleza, un bosque frondoso y varios condominios, guarda en su suelo una historia que ocurrió mucho antes de su construcción. En aquel entonces era solo una verde planicie donde el bosque lo cubría todo. Al sur limitaba con la quebrada que baja hacia San Juan de Turubamba, al occidente con lo que hoy es la avenida Simón Bolívar, al oriente con los terrenos que pertenecían a la hacienda El Garrochal y hoy forman parte de los Conjuntos Terranova y al norte con los inicios de Bellavista del Sur. Esta historia nos la compartió la vecina Verónica Hoyos que tiene su local de asados en la manzana diez de Ciudad Jardín y su mamá Teresa Hoyos fue la protagonista:
Dentro del frondoso bosque todavía se encuentra un camino empedrado, que según cuentan los más antiguos del sector, era el camino por donde los chasquis corrían en el tiempo incaico para enviar mensajes, **el camino de los incas**, y cerca de este camino empedrado se encontraba un **ojo de agua**, para quienes no comprendan, es una vertiente natural. Un lugar escondido, casi mágico, que manaba agua cristalina desde lo profundo de la tierra. Para llegar hasta allí había que tomar un sendero que se desviaba desde el camino de los chasquis, medio oculto por la maleza, donde transitaban los moradores del sector para llegar al barrio vecino. Las primeras casas estaban en San Juan de Turubamba, y la mayoría de la gente tenía que hacer esa travesía, cerca del ojo de agua, para llegar a sus hogares.
Una tarde, ya casi al anochecer, Teresa regresaba a casa acompañada de su hija mayor (la hermana de Verónica). El sol se escondía lentamente y las sombras del bosque se alargaban, envolviéndolo todo en un silencio espeso que solo se escucha en el campo. Fue en ese preciso momento cuando sucedió lo extraño.
Justo al borde del sendero, entre la maleza, pudo distinguir una **gallina negra junto con 6 polluelos**. Pero no era una gallina cualquiera. Tenía un plumaje brillante como carbón pulido, de esos que al reflejar la luz toman tonos azules y morados. Caminaba con una elegancia inquietante, y sus polluelos como si fueran su sombra multiplicada. La escena era tan inesperada como inquietante y hasta cierto punto deslumbrante. La mujer se detuvo en seco, y su hija también.
Lo primero que pensó fue en atraparla. No solo por su belleza, sino porque era rarísimo ver una gallina suelta a esa hora del día, era ya pasado las 18:00 pm, y más aún con sus crías. Sabía por las vecinas que las criaban, y decía su madre también, **a más tardar a las seis de la tarde ya están dormidas, bien recogidas en sus gallineros o escondidas para protegerse de los depredadores**. ¿Qué hacía esa gallina paseando como si nada en medio del bosque?
Pero algo las contuvo. No fue miedo exactamente, sino una **extraña sensación**, como un susurro en el estómago que les dijo: “déjenla”. Así que siguieron su camino, no sin antes mirar atrás un par de veces, viendo cómo la gallina desaparecía lentamente entre la maleza en dirección al **ojo de agua**, como si se desvaneciera en el aire.
Esa noche, ya en casa, la niña comenzó a sentirse mal. Primero fue un mareo leve, luego náuseas y, antes de que pudieran entender qué pasaba, empezó a vomitar. Su rostro se puso pálido y su respiración se volvió pesada. Pensaron que era *mal aire*, de esos que según las creencias del campo te atrapan cuando andas por sitios cargados, especialmente al atardecer.
Teresa, desesperada, hizo lo que sabía: la limpió con hierbas aromáticas, le frotó el cuerpo con un huevo para “sacarle el susto” y rezó en voz baja mientras le pasaba la rama de ruda sobre la cabeza. Después de un rato, la niña pareció mejorar. Cerró los ojos y se quedó dormida profundamente.
Todo parecía volver a la calma, pero la noche aún guardaba una sorpresa.
Cuando Teresa salió al patio para ir a la cocina —que en ese tiempo era una pequeña choza separada de la casa—, vio algo que la dejó helada. **Un hombre diminuto**, no más alto que una silla, estaba parado en medio del patio. Tenía el rostro arrugado, la nariz puntiaguda y los ojos brillantes como carbones encendidos. Vestía ropas oscuras y desgastadas, como si hubiera salido de debajo de la tierra.
—¡Eres una tonta! —le gritó con voz grave y enojada—. ¡Te iba a regalar mi gallina, mi gallina de los huevos de oro, y tú la despreciaste! ¡La dejaste tirada ahí, como si fuera cualquier cosa!
La mujer se quedó sin palabras. Su cuerpo no respondía, como si una fuerza invisible la hubiera amarrado al suelo. En un abrir y cerrar de ojos, el pequeño ser desapareció entre las sombras del patio, dejando solo el eco de su voz flotando en el aire.
Temblando, Teresa volvió al cuarto y abrazó a su hija con fuerza. No pudo dormir esa noche, repasando una y otra vez lo que había sucedido. Recién con el amanecer logró entender lo que había presenciado.
Ese hombre diminuto era un **duende**, uno de esos seres del bosque que, según la tradición, aparecen cuando uno menos los espera. Pero este no buscaba bromas ni esconder objetos. Quería llevarse a su hija, y a cambio le ofrecía la gallina negra, que no era una gallina común, sino una criatura mágica que ponía huevos de oro.
Teresa entendió que, al no aceptar el trato —sin saber que se trataba de un trato—, había frustrado los planes del duende. Este, en represalia, intentó hacerle daño a su hija. Por suerte, los rezos, las hierbas y el huevo la protegieron. O tal vez fue la gallina misma, que al ser rechazada decidió no cumplir con el duende y evitar el intercambio. Nadie lo sabrá nunca.
Con el tiempo se talaron los árboles, se hicieron las construcciones y los condominios de Ciudad Jardín empezaron a ser habitadas, sin embargo el camino empedrado, el sendero y el ojo de agua, todavía permanecen ahí, como testigo fiel del evento que había sucedido años antes.
Algunos vecinos de las manzanas aseguran que, si uno camina por allí justo al caer el sol, aún se puede escuchar a lo lejos el cacareo de una gallina junto a los píos de sus polluelos … aunque no haya ninguna a la vista.
Otros dicen haber visto al pequeño dueño, deambulando por el bosque en horas de la madrugada, cuando salen a sus trabajos, lo característico es su pequeña altura, su gran sombrero que destaca, visto a lo lejos.
Quienes conocen a Verónica y han probado sus papas con ají casero, han conversado largo con ella, saben que lo que cuenta **no es cuento**, es una historia real. No busca atención ni fama. Lo comparte como una vecina que le gusta conversar. Y cuando te mira a los ojos mientras narra la historia, te das cuenta de que algo —sea lo que sea— le transmite a tu ser.
Y entonces, el aire se enfría, los perros callan, el viento sopla y sabes que ya es hora de retirarte a tu casa haciéndole el gasto a la vecina, quien comparte este relato como una leyenda de nuestro Conjunto Ciudad Jardín.
Y recordándonos que no siempre un regalo se da a cambio de nada…